
Primera entrega: pensando la soberanía desde Latinoamérica
Esta es la primera de una serie de entregas dedicadas a reflexionar sobre la noción de soberanía, especialmente en el contexto latinoamericano. Para comenzar, nada mejor que volver a un texto fundamental del pensamiento argentino contemporáneo: Pensar sin Estado de Ignacio Lewkowicz, publicado póstumamente en 2004, apenas días después de su trágica muerte.
Lewkowicz fue un filósofo e historiador que dedicó su vida a pensar las transformaciones de la subjetividad contemporánea, particularmente en el contexto de la crisis argentina de 2001. Su obra representa un esfuerzo monumental por comprender no solo lo que estaba pasando en Argentina, sino lo que estaba mutando en las formas mismas de lo social y lo político a nivel global.
El primer capítulo del libro, titulado "Del ciudadano al consumidor. La migración del soberano", ofrece una radiografía precisa de una transformación que, más de veinte años después, se revela cada vez más evidente. Toma como punto de partida la Reforma Constitucional argentina de 1994, pero sus implicaciones trascienden ampliamente las fronteras nacionales.
La emergencia constitucional del consumidor
Lewkowicz abre su análisis con una observación que podría parecer menor pero que resulta sintomática: la aparición del "consumidor" como figura constitucional en el artículo 42 de la Constitución reformada de 1994 [1]. Este acontecimiento marca un quiebre fundamental en el imaginario jurídico-político argentino (y, por extensión, latinoamericano).
Durante casi dos siglos, el ciudadano fue la figura exclusiva que fundaba el ser en común, el sujeto privilegiado de derechos y deberes, la base misma del contrato social. La Constitución hablaba al ciudadano y del ciudadano. Pero en 1994, algo cambió. El consumidor irrumpe en el texto constitucional no como una extensión del ciudadano, sino como una figura diferente, con lógicas y derechos propios.
¿Qué significa que el ciudadano deje de tener el monopolio de los derechos? ¿Qué implica que el consumidor emerja como un nuevo soporte subjetivo del Estado? Lewkowicz sugiere que estamos ante la evidencia jurídica de una mutación más profunda: el desplazamiento del fundamento mismo de la soberanía.
Del Estado-nación al Estado técnico-administrativo
La tesis central del capítulo es que estamos viviendo el agotamiento del modelo de Estado-nación que caracterizó la modernidad. En ese modelo, la soberanía emanaba del "pueblo" —una entidad política construida históricamente, ligada a un territorio, una lengua, una memoria compartida. El Estado-nación se apoyaba en la historia nacional como fuente de legitimidad y sentido.
Pero Lewkowicz observa la emergencia de un nuevo tipo de Estado: el Estado técnico-administrativo. Este Estado ya no busca su legitimidad en la historia ni en el "pueblo", sino en su eficacia operativa, en su capacidad para gestionar y satisfacer los requerimientos instantáneos de una población pensada fundamentalmente como conjunto de consumidores.
Este Estado no se pregunta por la memoria histórica ni por el proyecto nacional. Se pregunta por la satisfacción de demandas en un mercado que ha desbordado las fronteras nacionales. Su temporalidad no es la del largo plazo histórico, sino la del presente continuo del mercado. Su métrica no es la justicia o la igualdad, sino la eficiencia y la capacidad de respuesta.
La mutación de "la gente" y la muerte del "pueblo"
Una de las observaciones más penetrantes de Lewkowicz tiene que ver con el lenguaje político contemporáneo. En el discurso actual, nota el autor, el término "pueblo" —sujeto político de la representación— ha sido sistemáticamente sustituido por "la gente".
La diferencia no es meramente semántica. El pueblo es una construcción política, un sujeto histórico dotado de voluntad, memoria y proyecto. El pueblo decide, se constituye, lucha. Es el sujeto de la historia nacional.
La gente, en cambio, es un agregado de individuos definidos por su capacidad de consumo y su presencia en las encuestas y medios de comunicación. La gente opina, consume, aparece en las estadísticas. No tiene historia ni proyecto; solo tiene preferencias y comportamientos medibles.
Este desplazamiento lingüístico revela un cambio en la forma misma de concebir el lazo social. Ya no somos ciudadanos de una nación, sino individuos que consumimos en un mercado global.
La agonía de las ficciones sociales
Lewkowicz introduce aquí un concepto crucial: las "ficciones sociales". El lazo social, argumenta, se sostiene en construcciones discursivas que dan consistencia y sentido a la experiencia colectiva. Una ficción no es una mentira, sino un relato que, mientras funciona y organiza efectivamente la vida en común, es "verdadera".
El Estado-nación fue una de esas ficciones: el relato de un pueblo unido por historia, territorio y destino común. Durante casi dos siglos, esa ficción organizó la experiencia política latinoamericana, con todas sus contradicciones y violencias.
Pero una ficción se convierte en "mentira" o "ficción agotada" cuando ya no puede dar cuenta de la realidad, cuando el mundo que pretende nombrar ha mutado de tal forma que el relato se vuelve inoperante. Y eso, sugiere Lewkowicz, es lo que ocurrió con el Estado-nación.
La Reforma Constitucional de 1994 sería entonces el acta de defunción jurídica de esa ficción agotada y el inicio tímido de una nueva ley basada en el consumo como organizador social.
La violencia de la exclusión: cuando los semejantes dejan de serlo
Si el lazo social se define por la capacidad de consumir, ¿qué pasa con quienes quedan fuera del circuito de consumo? Esta es quizás la consecuencia más brutal de la transformación que analiza Lewkowicz.
Cuando la humanidad se define a través del consumo, quienes no pueden consumir pierden su condición de "semejantes". No son simplemente pobres o marginados dentro de un orden común; son expulsados de la categoría misma de lo humano, convertidos en extranjeros en su propio mundo.
Esta es la violencia de exclusión característica de nuestra época: no se trata ya de la explotación (que al menos supone pertenencia a un orden común), sino de la pura expulsión, del abandono radical de quienes no tienen lugar en el mercado.
En el contexto latinoamericano, esta observación resuena con particular fuerza. Las masas de excluidos que pueblan nuestras ciudades no son anomalías del sistema, sino su producto necesario. El Estado técnico-administrativo no tiene un proyecto para incluirlos, porque su lógica misma los coloca fuera del campo de lo gestionable.
El desplazamiento del saber: de la historia a la encuestología
Finalmente, Lewkowicz señala un cambio en los discursos dominantes que producen "verdad" sobre lo social. La historia, que antes producía la sustancia nacional, el relato de origen y destino común, pierde su hegemonía frente a lo que el autor llama despectivamente "encuestología": una sociología degradada que se limita a medir estados de opinión instantáneos y comportamientos de mercado.
Ya no nos preguntamos "¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?" —la pregunta histórica por excelencia. Nos preguntamos "¿Qué opina la gente hoy?" y "¿Cuáles son las tendencias de consumo?".
Este desplazamiento no es accidental. Corresponde perfectamente a la lógica del Estado técnico-administrativo, que no necesita un relato histórico sino datos actuales para gestionar su eficacia operativa.
Pensar sin Estado (desde Latinoamérica)
El análisis de Lewkowicz, escrito en el contexto de la crisis argentina de 2001-2002, se revela cada vez más pertinente para comprender las transformaciones políticas contemporáneas en toda Latinoamérica. La erosión del Estado-nación, la emergencia del consumidor como figura política central, la sustitución del pueblo por "la gente", la violencia de exclusión: todos estos fenómenos los vemos operando en nuestros países con variaciones locales pero lógicas comunes.
¿Qué significa pensar la soberanía en este contexto? ¿Cómo recuperar la capacidad de autodeterminación colectiva cuando el propio sujeto de esa autodeterminación (el pueblo) ha sido vaciado de contenido? ¿Es posible reconstruir ficciones sociales que organicen un proyecto común sin caer en nostalgias nacionalistas?
Estas son las preguntas que recorrerán esta serie de entregas. Lewkowicz no ofrece respuestas fáciles, pero nos proporciona herramientas conceptuales fundamentales para pensar nuestro presente. En palabras del autor: el desafío no es restaurar el Estado-nación (esa ficción está agotada), sino pensar sin Estado —es decir, pensar las nuevas formas de subjetividad y de lazo social que emergen en esta era de fluidez.
En las próximas entregas, profundizaremos en otras dimensiones del análisis de Lewkowicz y lo pondremos en diálogo con otros pensadores latinoamericanos que han abordado la cuestión de la soberanía en tiempos de globalización.
Notas
[1] Lewkowicz, I. (2004). Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez. Buenos Aires: Paidós.
El artículo 42 de la Constitución Nacional Argentina (reforma de 1994) establece: "Los consumidores y usuarios de bienes y servicios tienen derecho, en la relación de consumo, a la protección de su salud, seguridad e intereses económicos; a una información adecuada y veraz; a la libertad de elección, y a condiciones de trato equitativo y digno".
